Ajena a si el sol allá fuera se oculta tras las nubes o se alza sin mesura, yo me escondo entre los restos de un recuerdo que hierve mi sangre y evapora la lógica que pudo alguna vez formar parte de mí.
Hoy mi pasado hiere mi presente. Lo rasga y hace sangrar y, como si todo mi ser fuese un gran corazón abierto, veo derramar mi esencia. Se esparce, molécula a molécula, por el polvo de este aire.
El dolor amenaza con convertir mi pena en rabia; suplica destrucción, desastre.
Mi boca se llena de malicia. Mi alma, de inmundicia.
Lo negro se acerca, me empuja hacia el vacío. Quiero dejar que el aire azote y maneje mi cuerpo privado de nervio, pero sé que, una vez llegado al suelo, nadie podrá expandir su fuerza para despegarlo del hielo.
Y allí yaceré sin remedio.
Así, justo en la cumbre, reconozco que no tengo más opción. Recoloco mis músculos, yergo el valor que aún conservo y dirijo mi furia hacia ese pensamiento envenenado.
Golpeo con fuerza para mandarlo lejos.
Golpeo con fuerza para mandarlo lejos.
Bien lejos.