Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

miércoles, 6 de marzo de 2013

Libros con los que reflexionar (5)

Comenzamos marzo con un extracto de la historia de Javier Tomeo que me encantó al leer: El miope y el enano.
«Aquella mañana andaba yo ensimismado en mis pensamientos y al doblar una esquina tropecé con un hombrecito que venía en dirección contraria y llevaba una bolsa de naranjas entre los brazos. El encontronazo fue tan violento que le dejé sentado en el suelo y las naranjas rodaron en todas direcciones. 
Se levantó sin necesidad de que le diese la mano (lo hizo con la agilidad de un acróbata) y algunos peatones lo ayudaron a recoger las naranjas. Al final faltaron algunas (en aquellos tiempos se pasaba bastante hambre) y el enano (porque efectivamente se trataba de un enano) se puso hecho un basilisco y me dijo que tenía que pagarle el importe de las naranjas. 
[...] desde el primer momento comprendí que lo que menos le importaba a aquel hombre (diminuto, pero hombre al fin y al cabo) eran las naranjas desaparecidas, y que lo único que quería hacer de aquel incidente  una cuestión de honor. Me acusó de ser miope (como si yo tuviese la culpa de haber nacido así) y añadió, creciéndose ante mi desconcierto, que los cegatos como yo no deberían salir a la calle sin que les acompañase un lazarillo. 
—De acuerdo —le dije, picado en mi amor propio—, yo soy miope. Lo reconozco, pero usted es liliputiense. Puede que yo necesite un lazarillo, pero los hombres de su estatura deberían ir por las calles silbando para que los demás no los pisasen. 
El enano enrojeció hasta la raíz del cabello. Se quitó con parsimonia la chaqueta y se arremangó las mangas de la camisa. Tenía los brazos tan gruesos como mis pantorrillas». 
El orgullo nos puede infinidad de veces, e incluso nos mete de lleno en tinglados que ni buscamos ni deseamos. Sin embargo, cuando sentimos ese rubor en las mejillas y ese quemazón en la garganta, ya poco puede hacerse; nos hemos perdido a nosotros mismos. Cegados por el «¿y este que se cree?», liberamos nuestra ira, que nos ciega y nos vuelve irracionales.
Recordad: respirad y analizad, ¿merece la pena vuestro tiempo y berrinche?

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