«¡Shhh! Ya no hablemos de él, que se van a despertar las mariposas».Genial.
Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.
miércoles, 13 de marzo de 2013
Apunte literario (15)
Cada vez que leo este microcuento de Tzintli Zuñiga, mis bichitos de amor por la palabra se ponen como locos...
viernes, 8 de marzo de 2013
Candado cerrado
Bloqueo de escritor.
Dichosa frase y jodida (con perdón) sensación. Pocas veces me pasa, pero esta vez me tiene furiosa. Llevo todo el día pensando un tema para el relato que tengo que entregar esta semana y nada parece tener sentido. Vagas, muy vagas ideas aparecen en mi cabecita loca, pero ninguna me convence. Es más, hoy, al escribir, he modificado y borrado el mismo párrafo unas cinco veces. Al final he acabado por cerrar el documento sin guardar. Es frustrante.
El principal problema, y es lo que yo creo que me paraliza, es que tengo que escribir sobre la realidad tal cual es, o en su sentido más rudo. Sin embargo, siento que por más que me esfuerce en expresar de la mejor forma una situación verdaderamente difícil y dura, no estará nunca a la altura. Describir qué le ronda al personaje por la cabeza antes de suicidarse o cometer un atraco me resulta tan artificial, tan superficial, que no consigo introducirme en ese pensamiento. Digamos que esos pantalones me están demasiado grandes y soy incapaz de ponerme en su lugar. Para poder transmitir ese dolor o esa desesperación que lleva al personaje a ese punto tan extremo necesito comprenderlo, entender por qué llega a esa conclusión o por qué no encuentra otra opción.
Creo que mi empatía gotea...
Dichosa frase y jodida (con perdón) sensación. Pocas veces me pasa, pero esta vez me tiene furiosa. Llevo todo el día pensando un tema para el relato que tengo que entregar esta semana y nada parece tener sentido. Vagas, muy vagas ideas aparecen en mi cabecita loca, pero ninguna me convence. Es más, hoy, al escribir, he modificado y borrado el mismo párrafo unas cinco veces. Al final he acabado por cerrar el documento sin guardar. Es frustrante.
El principal problema, y es lo que yo creo que me paraliza, es que tengo que escribir sobre la realidad tal cual es, o en su sentido más rudo. Sin embargo, siento que por más que me esfuerce en expresar de la mejor forma una situación verdaderamente difícil y dura, no estará nunca a la altura. Describir qué le ronda al personaje por la cabeza antes de suicidarse o cometer un atraco me resulta tan artificial, tan superficial, que no consigo introducirme en ese pensamiento. Digamos que esos pantalones me están demasiado grandes y soy incapaz de ponerme en su lugar. Para poder transmitir ese dolor o esa desesperación que lleva al personaje a ese punto tan extremo necesito comprenderlo, entender por qué llega a esa conclusión o por qué no encuentra otra opción.
Creo que mi empatía gotea...
miércoles, 6 de marzo de 2013
Libros con los que reflexionar (5)
Comenzamos marzo con un extracto de la historia de Javier Tomeo que me encantó al leer: El miope y el enano.
Recordad: respirad y analizad, ¿merece la pena vuestro tiempo y berrinche?
«Aquella mañana andaba yo ensimismado en mis pensamientos y al doblar una esquina tropecé con un hombrecito que venía en dirección contraria y llevaba una bolsa de naranjas entre los brazos. El encontronazo fue tan violento que le dejé sentado en el suelo y las naranjas rodaron en todas direcciones.
Se levantó sin necesidad de que le diese la mano (lo hizo con la agilidad de un acróbata) y algunos peatones lo ayudaron a recoger las naranjas. Al final faltaron algunas (en aquellos tiempos se pasaba bastante hambre) y el enano (porque efectivamente se trataba de un enano) se puso hecho un basilisco y me dijo que tenía que pagarle el importe de las naranjas.
[...] desde el primer momento comprendí que lo que menos le importaba a aquel hombre (diminuto, pero hombre al fin y al cabo) eran las naranjas desaparecidas, y que lo único que quería hacer de aquel incidente una cuestión de honor. Me acusó de ser miope (como si yo tuviese la culpa de haber nacido así) y añadió, creciéndose ante mi desconcierto, que los cegatos como yo no deberían salir a la calle sin que les acompañase un lazarillo.
—De acuerdo —le dije, picado en mi amor propio—, yo soy miope. Lo reconozco, pero usted es liliputiense. Puede que yo necesite un lazarillo, pero los hombres de su estatura deberían ir por las calles silbando para que los demás no los pisasen.
El enano enrojeció hasta la raíz del cabello. Se quitó con parsimonia la chaqueta y se arremangó las mangas de la camisa. Tenía los brazos tan gruesos como mis pantorrillas».El orgullo nos puede infinidad de veces, e incluso nos mete de lleno en tinglados que ni buscamos ni deseamos. Sin embargo, cuando sentimos ese rubor en las mejillas y ese quemazón en la garganta, ya poco puede hacerse; nos hemos perdido a nosotros mismos. Cegados por el «¿y este que se cree?», liberamos nuestra ira, que nos ciega y nos vuelve irracionales.
Recordad: respirad y analizad, ¿merece la pena vuestro tiempo y berrinche?
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