Os narro la experiencia que he convertido en relato. Mi objetivo ha sido contar lo sucedido con la máxima exactitud posible.
Lo que vais a leer, os aseguro, es una historia real.
A orillas de la muerte.
Apenas había empezado a correr por el
paseo que bordeaba el mar cuando se percató de que un hombre pedía auxilio. Luchando
contra las olas que no hacían más que adentrarlo en las profundas y
embravecidas aguas, consiguió alcanzar la orilla para después desfallecer. El
corredor, testigo de todo mientras bajaba por la cuesta que lo llevaría a la
pequeña playa, se apresuró en socorrer al náufrago. Lo enganchó por debajo de
los hombros y tiró de él con fuerza para apartarlo de adonde iban a morir el
resto de olas.
Le tomó el pulso para verificar si se
había ahogado o si aún seguía vivo.
Sí, respiraba, aunque parecía inconsciente.
Intentaba comunicarse con él, pero no obtenía respuesta. Ignoraba si aquel hombre
había sido arrastrado por la marea hasta esa playa o si se había acercado
demasiado al mar después de excederse con el alcohol. Decidió llamar a la
Guardia Civil, ellos enviarían una ambulancia.
De vez en cuando, el náufrago emitía
débiles sonidos de dolor, así que lo colocó sobre el costado para evitar que se
tragara su propio vómito. En cuestión de segundos, el murete que bordeaba la
playa se ocupó por personas que, como el corredor, habían salido a hacer
deporte por allí. Uno de aquellos bajó tan pronto como pudo a ofrecer su ayuda.
Una vez al lado del náufrago, preguntó al corredor si respiraba y comenzó a
darle bofetadas para despertarlo, no podía dejarlo dormir o sus posibilidades
de salir con vida quedarían anuladas.
—¡Amigo! ¡Eh! ¡Despierta! —gritaba. Lo
zarandeó un par de veces— ¡Vamos, amigo, despierta! —el náufrago parpadeó, pero
no era capaz de mantener los ojos abiertos.
Dos guardiaciviles aparcaron sus motos al
final de la cuesta y corrieron con dificultad por entre las piedras. Tras
preguntar lo que había sucedido, desengancharon la riñonera del náufrago y
buscaron en su interior alguna documentación que les permitiera identificarlo.
Con el pasaporte marroquí en sus manos, dieron parte por radio. Justo detrás,
la ambulancia bajaba y de ella salían un médico y dos enfermeros. Cargaban la
bomba de oxígeno y el tensiómetro, además del botiquín y el papel para mantener
el calor del náufrago.
Guantes de látex puestos, le cortaron la
ropa y colocaron chupones sobre su pecho para controlarle las constantes.
Superaban las ciento treinta, pero parecían estabilizarse poco a poco.
Un hombre y una mujer ataviados con ropa
deportiva acudieron a la orilla con urgencia.
—No te libras de nosotros, ¿eh? —le dijo
el médico al hombre que acababa de llegar. Les entregó un par de guantes a cada
uno.
Mientras los médicos lo atendían, el
náufrago cogió una piedra y se la apretó contra la boca del estómago en varias
ocasiones, quería vomitar. La mujer le sujetó el brazo para que no se hiciera
daño.
Lo cubrieron con papel de plata y ella le
abrió una vía. Tras sacarle un poco de sangre, le puso el gotero. Los médicos especulaban
sobre lo ocurrido, uno de ellos descartó la presencia de opiáceos.
El náufrago quiso decir algo, murmuraba,
pero nadie conseguía entenderlo. Su voz no era más que un suave rumor. Se
removía, parecía asustado, quizás no sabía ni dónde estaba. El corredor intentó
calmarlo, diciéndole que todo saldría bien. Aprovechó para preguntarle por lo
que había tomado y, entre balbuceos, le respondió que había bebido cerveza y
consumido cocaína.
Justo antes de que la mujer le pusiera la
mascarilla con la bomba de oxígeno, el náufrago abrió los ojos sin apenas
fuerza y buscó la voz que le había estado hablando.
—Gracias, hermano —susurró—, gracias.
El corredor apretó el hombro del náufrago
y los médicos lo subieron a la camilla. Los guardiaciviles también le
agradecieron su ayuda e hicieron bromas sobre que, a pesar de su actitud
heroica, no recibiría ninguna medalla.
—Saber que sigue con vida para mí es
suficiente.
Dejó sus palabras en el aire y subió la
cuesta bajo la atenta mirada de los transeúntes. Continuó corriendo, como si
nada hubiera pasado, pero por más que se convenciera de que lo que había hecho
carecía de importancia, sabía que nunca podría borrar de su memoria la mirada de
gratitud de aquel náufrago.