Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

martes, 16 de abril de 2013

A orillas de la muerte

Esta tarde, mi prima y yo nos encontrábamos sentadas en las rocas de una de las playas de Melilla cuando un muchacho bajó corriendo por la cuesta que da acceso. En un principio pensamos: «vaya, qué lugar más raro para correr, esta playa es muy pequeña», pero entonces nos dimos cuenta de que había ido a socorrer a un hombre tumbado sobre la orilla.
Os narro la experiencia que he convertido en relato. Mi objetivo ha sido contar lo sucedido con la máxima exactitud posible. 
Lo que vais a leer, os aseguro, es una historia real.

A orillas de la muerte.

Apenas había empezado a correr por el paseo que bordeaba el mar cuando se percató de que un hombre pedía auxilio. Luchando contra las olas que no hacían más que adentrarlo en las profundas y embravecidas aguas, consiguió alcanzar la orilla para después desfallecer. El corredor, testigo de todo mientras bajaba por la cuesta que lo llevaría a la pequeña playa, se apresuró en socorrer al náufrago. Lo enganchó por debajo de los hombros y tiró de él con fuerza para apartarlo de adonde iban a morir el resto de olas.
Le tomó el pulso para verificar si se había ahogado o si aún seguía vivo.
Sí, respiraba, aunque parecía inconsciente. Intentaba comunicarse con él, pero no obtenía respuesta. Ignoraba si aquel hombre había sido arrastrado por la marea hasta esa playa o si se había acercado demasiado al mar después de excederse con el alcohol. Decidió llamar a la Guardia Civil, ellos enviarían una ambulancia.
De vez en cuando, el náufrago emitía débiles sonidos de dolor, así que lo colocó sobre el costado para evitar que se tragara su propio vómito. En cuestión de segundos, el murete que bordeaba la playa se ocupó por personas que, como el corredor, habían salido a hacer deporte por allí. Uno de aquellos bajó tan pronto como pudo a ofrecer su ayuda. Una vez al lado del náufrago, preguntó al corredor si respiraba y comenzó a darle bofetadas para despertarlo, no podía dejarlo dormir o sus posibilidades de salir con vida quedarían anuladas.
—¡Amigo! ¡Eh! ¡Despierta! —gritaba. Lo zarandeó un par de veces— ¡Vamos, amigo, despierta! —el náufrago parpadeó, pero no era capaz de mantener los ojos abiertos.
Dos guardiaciviles aparcaron sus motos al final de la cuesta y corrieron con dificultad por entre las piedras. Tras preguntar lo que había sucedido, desengancharon la riñonera del náufrago y buscaron en su interior alguna documentación que les permitiera identificarlo. Con el pasaporte marroquí en sus manos, dieron parte por radio. Justo detrás, la ambulancia bajaba y de ella salían un médico y dos enfermeros. Cargaban la bomba de oxígeno y el tensiómetro, además del botiquín y el papel para mantener el calor del náufrago.
Guantes de látex puestos, le cortaron la ropa y colocaron chupones sobre su pecho para controlarle las constantes. Superaban las ciento treinta, pero parecían estabilizarse poco a poco.
Un hombre y una mujer ataviados con ropa deportiva acudieron a la orilla con urgencia.
—No te libras de nosotros, ¿eh? —le dijo el médico al hombre que acababa de llegar. Les entregó un par de guantes a cada uno.
Mientras los médicos lo atendían, el náufrago cogió una piedra y se la apretó contra la boca del estómago en varias ocasiones, quería vomitar. La mujer le sujetó el brazo para que no se hiciera daño.
Lo cubrieron con papel de plata y ella le abrió una vía. Tras sacarle un poco de sangre, le puso el gotero. Los médicos especulaban sobre lo ocurrido, uno de ellos descartó la presencia de opiáceos.
El náufrago quiso decir algo, murmuraba, pero nadie conseguía entenderlo. Su voz no era más que un suave rumor. Se removía, parecía asustado, quizás no sabía ni dónde estaba. El corredor intentó calmarlo, diciéndole que todo saldría bien. Aprovechó para preguntarle por lo que había tomado y, entre balbuceos, le respondió que había bebido cerveza y consumido cocaína.
Justo antes de que la mujer le pusiera la mascarilla con la bomba de oxígeno, el náufrago abrió los ojos sin apenas fuerza y buscó la voz que le había estado hablando.
—Gracias, hermano —susurró—, gracias.
El corredor apretó el hombro del náufrago y los médicos lo subieron a la camilla. Los guardiaciviles también le agradecieron su ayuda e hicieron bromas sobre que, a pesar de su actitud heroica, no recibiría ninguna medalla.
—Saber que sigue con vida para mí es suficiente.
Dejó sus palabras en el aire y subió la cuesta bajo la atenta mirada de los transeúntes. Continuó corriendo, como si nada hubiera pasado, pero por más que se convenciera de que lo que había hecho carecía de importancia, sabía que nunca podría borrar de su memoria la mirada de gratitud de aquel náufrago.

jueves, 11 de abril de 2013

En un sinvivir, mi sino

Esta noche, una rimita que ha surgido hace unos minutos para un amigo, pero que esconde una reflexión muy profunda: la incertidumbre humana. No podemos conocerlo todo ni la suma de lo que todos conocen. Ahí queda la cosa.

«Cruel destino, mi destino, 
que con alambre de espino 
cerca mi angustioso camino, 
pues me mantiene en pausa, en vilo, 
desconocer lo que por otros es conocido».