Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

Apunte literario (5)


Introduzcámonos en El mundo por de dentro, el cuarto de los Sueños y discursos de Francisco de Quevedo.
«—Ni te estorbo ni te envidio lo que deseo, antes te tengo lástima. ¿Tú por ventura sabes lo que vale un día? ¿Entiendes de cuánto precio es una hora? ¿Has examinado el valor del tiempo? Cierto es que no, pues así, alegre, le dejas pasar hurtado de la hora que fugitiva y secreta te lleva preciosísimo robo. ¿Quién te ha dicho que lo que ya fue volverá cuando lo hayas menester si le llamares? Dime, ¿has visto algunas pisadas de los días? No por cierto, que ellos solo vuelven la cabeza a reírse y burlarse de los que así los dejaron pasar. Sábete que la muerte y ellos están eslabonados y en una cadena, y que cuando más caminan los días que van delante de ti, tiran hacia ti y te acercan a la muerte, que quizá la aguardas y es ya llegada, y según vives, antes será pasada que creída. Por necio tengo al que toda la vida se muere de miedo que se ha de morir y por malo al que vive tan sin miedo della como si no la hubiese, que este lo viene a temer cuando lo padece, y embarazado con el temor, ni halla remedio a la vida ni consuelo a su fin. Cuerdo es solo el que vive cada día como quien cada día y cada hora puede morir. 
—Eficaces palabras tienes, buen viejo. Traído me has el alma a mí, que me la llevaban embelesada vanos deseos. ¿Quién eres, de dónde, y qué haces por aquí?  
—Mi hábito y traje dice que soy hombre de bien y amigo de decir verdades, en lo roto y poco medrado; y lo peor que tu vida tiene es no haberme visto la cara hasta ahora. Yo soy el Desengaño; estos rasgones de la ropa son de los tirones que dan de mí los que dicen en el mundo que me quieren, y estos cardenales del rostro, estos golpes y coces me dan en llegando, porque vine y porque me vaya, que en el mundo todos decís que queréis desengaño, y en teniéndole, unos os desesperáis, otros maldecís a quien os le dio, y los más corteses no le creéis. Si tú quieres, hijo, ver el mundo, ven conmigo, que yo te llevaré a la calle mayor, que es a donde salen todas las figuras, y allí verás juntos los que por aquí van divididos sin cansarte; yo te enseñaré el mundo como es, que tú no alcanzas a ver sino lo que parece.
—¿Y cómo se llama —dije yo— la calle mayor del mundo, donde hemos de ir? 
—Llámase —respondió— Hipocresía, calle que empieza con el mundo y se acabará con él; y no hay nadie casi que no tenga, si no una casa, un cuarto o un aposento en ella (...)».
Como mortales que somos, la vida finita tememos. Nos centramos en el momento inevitable del telón bajado, queremos que la obra dure horas eternas porque la palabra «fin» nos impulsa a un vacío incomprendido. Entonces nos desvivimos por encontrar el botón que congele el sufrimiento e ignoramos que el momento (la vida) es puro fuego; la llama nace implacable y en cenizas, polvo, acaba.
Así, lo que intentamos estirar inconscientes, llega a romperse como se esperaba y, minutos antes, nos arrepentimos por no haberlo valorado un poco más. 
Él corre, con independencia de los deseos y de las capacidades, de nuestro esfuerzo y merecer, dejando atrás y haciendo oídos sordos a las súplicas necias. Él, el tiempo, nos concede dos opciones y, aunque te ciegues,

una debes escoger.

1 comentario :

  1. Bonitas palabras, no las había leído nunca. Aprovecho para agradecerte el paso por mi blog. Quizás, hablando del paso del tiempo, te guste esto que escribí http://rincondemoises.blogspot.com.es/2012/05/tiempo.html
    Un saludo!

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