Como ya sabéis, en febrero conocí a una persona encantadora de los pies a la cabeza, y con su encanto me convenció para que escribiera un poema dedicado en exclusiva a nosotros. Días después sentí esa bocanada de inspiración que me permitió cumplir con mi palabra.
Hoy, tras tres meses de felicidad continua y de sentimientos que no han hecho otra cosa más que engordar, cumplo con la segunda parte de aquella promesa: «te lo entrego. Te entrego nuestro Dieciocho de febrero, porque este poema es solo tuyo, solo nuestro. Te quiero».
Contigo no quiero
rendirme a los miedos,
contigo no me sirve
el "no puedo".
¿Qué tal si rompemos
con aquella expresión
y de las historias intensas
hacemos de la nuestra
la excepción?
Tienes la facilidad
de hacerme feliz,
en tus brazos y detalles
me siento como una pequeña
incapaz de dejar de sonreír.
Como cuando permites que dé
con ese hueco bajo tu clavícula,
allí donde los besos
se resbalan de mis labios;
o cuando te sonrojas
y renace ese hoyuelo de tu mejilla,
tan revelador y cómplice
que me hace sentir única,
causa y consecuencia
de la viveza de tu mirada.
Protegida cada noche,
radiante por las mañanas,
especial en Callao
mientras me balanceabas,
o pletórica cuando
recuerdo el gesto de Lada.
Y pensar que cada tropiezo
me ha llevado a sentirme así,
que cada caída me ha acercado
un poco más a ti,
me hace confiar en que
la vida sabe jugar
y que siempre está dispuesta
a volcar nuestro mundo
para que sintamos la emoción
de compartir un nexo metálico
en nuestro lóbulo.
Porque por personas como tú,
por experiencias como esta,
compensa la dificultad
de un mar entre dos tierras.
No olvides que un puñado
de centenares de kilómetros
son solo grandes espacios de aire,
y que yo me mantendré
a tu lado izquierdo,
palpitando al compás
de nuestro alocado
y silencioso baile.