Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

miércoles, 3 de junio de 2015

Tienes un email

 Yo pongo la peli, vosotros las palomitas. 

«Tienes un email». Hoy en día este título podría extrañarnos, pensaríamos: ¿y por qué no me manda mejor un washap? Sin embargo, en el 98 recibir esta noticia en tu ordenador era más que emocionante. Una de las mayores ventajas de revivir esta historia en la actualidad es el hecho de que, aunque nos parezca todo demasiado anticuado, no se trata de aspectos que sucedieran muchos años atrás. Es lo que tiene la tecnología, que avanza tan rápido que tenemos la sensación de vivir a siglos de nuestra propia época.
Nada más empezar, oímos el sonido tan característico del ordenador intentando conectarse a la red. Todos los vecinos se enteraban de que tu modem estaba trabajando...
Anécdotas de jovenzuela mayorcita aparte, nada más empezar la película sabes que, al margen de la emoción de poder comunicarte a través de tu ordenador con otras personas, la historia comienza con una relación de amistad que se forja en el anonimato y bajo la protección de una pantalla.
«¿No te gusta Nueva York en otoño? A mí me dan ganas de comprar cosas para el cole. Te enviaría un ramillete de lapiceros bien afilados si supiera tu nombre y tu dirección. Pero, por otra parte, esto de no conocerse tiene su encanto»
Hasta ahí, los primeros minutos, todo estupendo; pero entonces vas viendo que ambos protagonistas, tras hablar entre ellos por email, se van a sus respectivas camas con sus respectivas parejas. Entonces lo sabes, algo falla. El compañero de ella es excesivamente "intelectual", nada moderno —¿ordenador? ¡Máquina de escribir!—, mientras que la compañera de él es quizás un poco narcisista e impresionable —no con Joe, como cabría esperar—. En cualquier caso, ninguno de los dos es lo suficientemente feliz en su relación como para que suponga un problema entablar relaciones (con propósitos o no de volverse más que) especiales. 
Y así va sucediendo la tierna historia entre Kathleen y Joe, manteniendo como bagaje el hecho de que él sea el responsable directo de la quiebra de la pequeña librería de ella y de que nuestra adorable protagonista haya desarrollado un odio desesperante por quien ignora que es aquel con el que intercambia emails.
La película tiene momentos en los que te invaden las ganas de saltar dentro de la pantalla y decirles: ¡espabilad! ¡Os estáis desperdiciando mutuamente! Y aunque estemos hablando de una comedia americana que suele traducirse como predecible, merece la pena verla hasta el final. Aun presuponiendo a grandes rasgos lo que sucederá, lo verdaderamente encantador de la película —y es por lo que decidí escribir el post— reside en la forma tan sutil y casi melodiosa de desarrollar la relación entre los protagonistas. Desde luego, están hechos el uno para el otro, pero primero tendrán que superar una serie de obstáculos para que su historia cuaje.


Y vosotros, ¿creéis en el amor? Lo curioso de estos tiempos es algo que se viene comentando: hoy en día no se viven amores como los de antes. ¿Tendrán que ver las tecnologías algo con el desencanto del romanticismo?
Bien. Haremos un ejercicio de situación para que recordéis el gusanillo por los amores que ahora decaen. Imaginaos que volvéis la vista atrás, que empezáis a entrar en canales para chatear o acabáis de abriros una cuenta de hotmail. No comprendéis cómo funciona, os parece magia que los mensajes "vuelen" a través de un hilo invisible. Imaginad que conocéis a alguien interesante, alguien a quien podéis contarle vuestras preocupaciones y sueños sin el pudor del "¿me juzgará?". Ahora pensad en que esa persona también os está confiando sus inseguridades. Poco a poco, esa relación invisible que tan irreal parece se convierte en lo que necesitáis al acabar el día, al comenzarlo, al atravesarlo. Llegados a ese punto, ¿no os daría un vuelco el corazón con solo oír tienes un email?
Sumergíos conmigo en esta dulce historia y rememorad aquellos momentos que vivisteis al filo del ordenador acompañados por una sonrisa inevitable y que llenaban la habitación de nervios e ilusiones.

martes, 2 de junio de 2015

Pretty woman

 Yo pongo la peli, vosotros las palomitas. 

¿Quién no conoce hoy en día Pretty woman? Esa banda sonora, esa historia que cabalga a medio camino entre realidad y fantasía romántica... Los que como yo pertenecemos a la generación del 89 vimos esta película en nuestra adolescencia, y el recuerdo residual que me quedó fue una imagen distinta a la que ahora tengo.
Para mí, la película era un cursi topicazo —ligeramente denigrante, todo hay que decirlo—: chico y chica se enamoran, él es un caballero millonario, ella necesita ser salvada/sacada de la calle y se deja embaucar por una buena habitación y buena ropa. Curiosamente, entre mis vestigios sobre esta historia no entraba la palabra romance. Me preguntaba, ¿cómo va a ser romántico un amor entre un hombre y una mujer cuyo comienzo parte de un contrato sexual? Él tiene dinero y puede permitirse el lujo de "comprar" a una persona, ¿dónde queda el respeto? 
Hace unas semanas empezó a ponerse de moda otra vez esta película y pensé que debía volver a verla, quería comprobar si todo lo que yo opinaba era cierto o si se trataba de pensamientos asumidos por una adolescente (más o menos rebelde). No tenía mucho sentido que algo tan insultante fuera uno de los grandes amores del cine.
Y vaya si he hecho bien. Mi visión ha cambiado por completo. Cuando eres adulta, ves las historias con otros ojos. Te ofenden otros matices, comprendes mejor ciertos aspectos que para ti no tenían ningún sentido, y los detalles que anteriormente pasabas por alto ahora son puntos importantes que merecen toda tu atención. Me ha resultado fascinante descubrir que la película personalmente considerada como promotora de la devaluación de la mujer en realidad promulga la fortaleza y la lucha por una misma. Obviamente, hace diez años era más impresionable y solo me quedaba en la superficie del argumento. Había malinterpretado toda la película.
Ya con una mentalidad más madura, esta historia me parece una de las más bonitas y (precisamente) respetuosas del cine. Vivian es una mujer que, siguiendo el cliché de la prostitución, parece no saber valorarse. Pero eso es tan solo una ilusión. Ella no bebe, no se droga, no quiere un proxeneta, cuida sus dientes, no acepta besos en los labios, lleva un buen arsenal de preservativos y rechaza lo que no considera bueno para ella —elige «quién, cuándo y cuánto»—. En definitiva, Vivian decide. Y no hay nada más respetable que tomar decisiones de forma voluntaria. Este matiz es muy importante para la película, porque cambia la idea preconcebida sobre el intercambio de sexo por dinero. Se trata de dos adultos pactando un contrato verbal consensuado. 
Sin embargo, como ella misma afirma, no es a lo que aspiras cuando eres niña y, aunque lo parezca, no es "dinero fácil". Las personas que acuden a este tipo de profesiones, tanto trabajadoras como clientes, no suelen ser tan buenas como nuestros protagonistas:
«—La gente te rebaja tanto que acabas creyéndoles. 
—Pues a mí me pareces una mujer muy lista y distinta a las demás. 
—Lo malo siempre es más fácil de creer. ¿Te has dado cuenta?»
De aquí viene la parte más real de la película. 



Expresa de refilón cómo se sienten ellas, o si lo extrapolamos, cómo nos vemos todos. Cuando consentimos que alguien se considere mejor que nosotros, tendemos a asumir que eso es cierto. Tal vez, y solo si has tenido una buena educación o si tu personalidad es fuerte, no permitas que esto te suceda; pero la gran mayoría acaba cediendo y aceptando esta inferioridad en mayor o menor medida. Creemos los insultos, las humillaciones que nos hacen más y más pequeños cada vez. Nada más lejos de la realidad. Todos y cada uno de nosotros somos únicos, personas que deben ser valoradas individualmente. Nadie está por encima, y pensar así refleja el abuso del que más miedo tiene, de quien necesita sentirse superior porque teme no ser tan bueno como dice ser.
En este sentido, la gran mayoría de las personas que tratan a Vivian la miran por encima del hombro. Obviamente, llama la atención: es atractiva, parece muy segura de sí misma y de su sexualidad (por lo que no cohíbe su descaro) y su forma de vestir choca por completo con lo estandarizado. Incluso hay algunas escenas en las que se vuelve más evidente el pensamiento "si te compro, eres mía; dejas de ser una persona y se anula tu voluntad a mi capricho".
Lo moralizante de esta película es la reacción de Vivian ante la actitud de las personas con las que se relaciona. Sí, al principio cede, huye de la tienda donde la han ofendido tanto; pero después, y con una pizca de ayuda, hace frente a su vida.
El contrato entre Edward y Vivian es el punto de partida de lo que le sucede a esta curiosa y bonita pareja: él le paga y ella lo acompaña durante una semana. Edward es un hombre de negocios acostumbrado a su independencia y a separar los sentimientos de su día a día; Vivian es extrovertida y vive la vida con ganas, se entusiasma por todo lo que va descubriendo gracias a él. Desde su primer encuentro resulta evidente la conexión entre los protagonistas, y conforme avanza la historia, ellos también lo hacen. De pronto, el concepto de "caballero salvador" queda fuera del tablero, pues son ambos los que, como partes de esta intensa relación, mejoran la personalidad del otro.
Sin duda, os aconsejo rememorar este clásico de los noventa. Quién sabe, tal vez sea digno de vuestra lista de películas recomendadas. Desde luego, ya forma parte de la mía.

Hasta el próximo post, mujeres bonitas.