Yo pongo la peli, vosotros las palomitas.
«Tienes un email». Hoy en día este título podría extrañarnos, pensaríamos: ¿y por qué no me manda mejor un washap? Sin embargo, en el 98 recibir esta noticia en tu ordenador era más que emocionante. Una de las mayores ventajas de revivir esta historia en la actualidad es el hecho de que, aunque nos parezca todo demasiado anticuado, no se trata de aspectos que sucedieran muchos años atrás. Es lo que tiene la tecnología, que avanza tan rápido que tenemos la sensación de vivir a siglos de nuestra propia época.
Nada más empezar, oímos el sonido tan característico del ordenador intentando conectarse a la red. Todos los vecinos se enteraban de que tu modem estaba trabajando...
Anécdotas de jovenzuela mayorcita aparte, nada más empezar la película sabes que, al margen de la emoción de poder comunicarte a través de tu ordenador con otras personas, la historia comienza con una relación de amistad que se forja en el anonimato y bajo la protección de una pantalla.
«¿No te gusta Nueva York en otoño? A mí me dan ganas de comprar cosas para el cole. Te enviaría un ramillete de lapiceros bien afilados si supiera tu nombre y tu dirección. Pero, por otra parte, esto de no conocerse tiene su encanto»
Hasta ahí, los primeros minutos, todo estupendo; pero entonces vas viendo que ambos protagonistas, tras hablar entre ellos por email, se van a sus respectivas camas con sus respectivas parejas. Entonces lo sabes, algo falla. El compañero de ella es excesivamente "intelectual", nada moderno —¿ordenador? ¡Máquina de escribir!—, mientras que la compañera de él es quizás un poco narcisista e impresionable —no con Joe, como cabría esperar—. En cualquier caso, ninguno de los dos es lo suficientemente feliz en su relación como para que suponga un problema entablar relaciones (con propósitos o no de volverse más que) especiales.
Y así va sucediendo la tierna historia entre Kathleen y Joe, manteniendo como bagaje el hecho de que él sea el responsable directo de la quiebra de la pequeña librería de ella y de que nuestra adorable protagonista haya desarrollado un odio desesperante por quien ignora que es aquel con el que intercambia emails.
La película tiene momentos en los que te invaden las ganas de saltar dentro de la pantalla y decirles: ¡espabilad! ¡Os estáis desperdiciando mutuamente! Y aunque estemos hablando de una comedia americana que suele traducirse como predecible, merece la pena verla hasta el final. Aun presuponiendo a grandes rasgos lo que sucederá, lo verdaderamente encantador de la película —y es por lo que decidí escribir el post— reside en la forma tan sutil y casi melodiosa de desarrollar la relación entre los protagonistas. Desde luego, están hechos el uno para el otro, pero primero tendrán que superar una serie de obstáculos para que su historia cuaje.
Y vosotros, ¿creéis en el amor? Lo curioso de estos tiempos es algo que se viene comentando: hoy en día no se viven amores como los de antes. ¿Tendrán que ver las tecnologías algo con el desencanto del romanticismo?
Bien. Haremos un ejercicio de situación para que recordéis el gusanillo por los amores que ahora decaen. Imaginaos que volvéis la vista atrás, que empezáis a entrar en canales para chatear o acabáis de abriros una cuenta de hotmail. No comprendéis cómo funciona, os parece magia que los mensajes "vuelen" a través de un hilo invisible. Imaginad que conocéis a alguien interesante, alguien a quien podéis contarle vuestras preocupaciones y sueños sin el pudor del "¿me juzgará?". Ahora pensad en que esa persona también os está confiando sus inseguridades. Poco a poco, esa relación invisible que tan irreal parece se convierte en lo que necesitáis al acabar el día, al comenzarlo, al atravesarlo. Llegados a ese punto, ¿no os daría un vuelco el corazón con solo oír tienes un email?
Sumergíos conmigo en esta dulce historia y rememorad aquellos momentos que vivisteis al filo del ordenador acompañados por una sonrisa inevitable y que llenaban la habitación de nervios e ilusiones.

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