De repente, un recuerdo te golpea tan fuerte que debes parar tu reloj. Aunque el tiempo corra a tu alrededor, no te afecta en ese instante porque el golpe te ha enviado a otro estado; uno en el que los momentos te abrazan y hacen llorar, en el que sientes de nuevo el calor que un día tuvieron y el rechazo de saberlos víctimas del tiempo. Pues tus recuerdos no son ni serán, sino que un día fueron. Y entremezclados, hacen de aquel estado tu hogar y juegan contigo mostrándose a partes, tan brillantes y fugaces que los quieres atrapar para recordar a qué saben. Y cuando los rozas, cuando te sumerges en alguno de ellos tan miedica como ansiosa, te regalan un nudo en la garganta que tú te quieres arrancar.
Pero no puedes.
Ya los has dejado entrar.
Ya te han hecho víctima del sueño.
Su víctima del tiempo.
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