Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

jueves, 29 de noviembre de 2012

Apunte literario (4)

Abrazamos la belleza de Rubén Darío para trasladarnos al mundo del amor poético con Sonatina, una composición incluida en Prosas Profanas.
«La princesa está triste..., ¿qué tendrá la princesa?
Los suspiros se escapan de su boca de fresa
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado de su clave sonoro;
y en un vaso olvidada se desmaya una flor. 
El jardín puebla el triunfo de los pavos reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y, vestido de rojo, piruetea el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión. (...) 
¡Ay! La pobre princesa de la boca de rosa,
quiere ser golondrina, quiere ser mariposa,
tener alas ligeras, bajo el cielo volar,
ir al sol por la escala luminosa de un rayo,
saludar a los lirios con los versos de mayo,
o perderse en el viento sobre el trueno del mar.  
Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte;
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.  
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal. (...)  
—¡Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—,
en caballo con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con su beso de amor!».
Cuando un corazón anhela latir por un amor, todo lo demás se vuelve superfluo.

martes, 27 de noviembre de 2012

Apunte literario (3)


De nuevo, las (sabias) palabras del Arcipreste de Hita en otro de sus pasajes, esta vez titulado: Propósito del Libro de Buen Amor, explicado por medio de la Fábula de la disputa entre griegos y romanos.
La lectura es extensa, pero se necesita de casi cada palabra para desentrañar las verdades que esconden sus estrofas. Saboread la parodia sobre las deducciones, pues a veces interpretamos lo sucedido basándonos tan solo en lo que nos parece.
«Entiende bien mis dichos y medita su esencia
no me pase contigo lo que al doctor de Grecia
con el truhán romano de tan poca sapiencia,
cuando Roma pidió a los griegos su ciencia. 
Así ocurrió que Roma de leyes carecía;
pidióselas a Grecia, que buenas las tenía.
Respondieron los griegos que no las merecía
ni había de entenderlas, ya que nada sabía. 
Pero, si las quería para de ellas usar,
con los sabios de Grecia debería tratar,
mostrar si las comprende y merece lograr;
esta respuesta hermosa daban por se excusar. 
Los romanos mostraron en seguida su agrado;
la disputa aceptaron en contrato firmado,
mas, como no entendían idioma desusado,
pidieron dialogar por señas de letrado. 
Fijaron la fecha para ir a contender;
los romanos se afligen, no sabiendo qué hacer,
pues, al no ser letrados, no podrán entender
a los griegos doctores y su mucho saber.
Estando en esta cuita, sugirió un ciudadano
tomar para el certamen a un bellaco romano
que, como Dios quisiera, señales con la mano
hiciese en la disputa y fue consejo sano.(...) 
El griego, reposado, se levantó a mostrar
un dedo, el que tenemos más cerca del pulgar,
y luego se sentó en el mismo lugar.
Levantóse el bigardo, frunce el ceño al mirar. 
Mostró luego tres dedos hacia el griego tendidos,
el pulgar y otros dos con aquél recogidos
a manera de arpón, los otros encogidos.
Sentóse luego el necio, mirando sus vestidos. 
Levantándose el griego, tendió la palma llana
y volvióse a sentar, tranquila su alma sana;
levantóse el bellaco con fantasía vana,
mostró el puño cerrado, de pelea con gana. 
Ante todos los suyos opina el sabio griego:
—«Merecen los romanos la ley, no se la niego».
Levantáronse todos con paz y con sosiego,
¡gran honra tuvo Roma por un vil andariego! 
Preguntaron al griego qué fue lo discutido
y lo que aquel romano le había respondido:
—«Afirmé que hay un Dios y el romano entendido,
tres en uno, me dijo, con su signo seguido. 
Yo: que en la mano tiene todo a su voluntad;
él: que domina al mundo su poder, y es verdad.
Si saben comprender la Santa Trinidad,
de las leyes merecen tener seguridad». 
Preguntan al bellaco por su interpretación:
—«Echarme un ojo fuera, tal era su intención
al enseñar un dedo, y con indignación
le respondí airado, con determinación, 
que yo le quebraría, delante de las gentes,
con dos dedos los ojos, con el pulgar los dientes.
Dijo él que si yo no le paraba mientes,
a palmadas pondría mis orejas calientes. 
Entonces hice seña de darle una puñada
que ni en toda su vida la vería vengada;
cuando vio la pelea tan mal aparejada
no siguió amenazando a quien no teme nada». 
Por eso afirma el dicho de aquella vieja ardida
que no hay mala palabra si no es a mal tenida,
toda frase es bien dicha cuando es bien entendida.
Entiende bien mi libro, tendrás buena guarida. 
La burla que escuchares no la tengas por vil,
la idea de este libro entiéndela, sutil;
pues del bien y del mal, ni un poeta entre mil
hallarás que hablar sepa con decoro gentil».
Una última reflexión, dejo caer mi idea con un dicho y una pregunta; si cree el ladrón que todos son de su condición, ¿no podemos extrapolar este concepto a las interpretaciones del sabio y del bellaco?

Apunte literario (2)

Entre las páginas del Libro de Buen Amor podéis encontrar el pasaje De cómo, por naturaleza, humanos y animales desean la compañía del sexo contrario y de cómo se enamoró el Arcipreste
«Aristóteles dijo, y es cosa verdadera
que el hombre por dos cosas trabaja: la primera,
por el sustentamiento, y la segunda era
por conseguir unión con hembra placentera. 
Si lo dijera yo, se podría tachar,
mas lo dice un filósofo, no se me ha de culpar.
De lo que dice el sabio no debemos dudar,
pues con hechos se prueba su sabio razonar. 
Que dice verdad el sabio claramente se prueba;
hombres, aves y bestias, todo animal de cueva
desea, por natura, siempre compaña nueva
y mucho más el hombre que otro ser que se mueva. 
Digo que más el hombre, pues otras criaturas
tan sólo en una época se juntan, por natura;
el hombre, en todo tiempo, sin seso y sin mesura,
siempre que quiere y puede hacer esa locura. 
Prefiere el fuego estar guardado entre ceniza,
pues antes se consume cuanto más se le atiza;
el hombre, cuando peca, bien ve que se desliza,
mas por naturaleza, en el mal profundiza. 
Yo, como soy humano y, por tal, pecador,
sentí por las mujeres, a veces, gran amor.
Que probemos las cosas no siempre es lo peor;
el bien y el mal sabed y escoged lo mejor
».
En los dos últimos versos, el Arcipreste de Hita nos regala una lección de vida imprescindible. 
Tememos lo desconocido porque no sabemos a qué atenernos y, aunque esta actitud cauta nos salve de muchos males, provoca que perdamos de vista nuestro espíritu curioso y aventurero, al que debemos el gran conocimiento que tenemos hoy en día.
Nos regimos por lo que la sociedad nos dicta, y la fórmula para no sentirnos la oveja negra o una más del rebaño reside en la libre elección del pensamiento. Solo la conseguiremos por medio de la experiencia propia, que puede ser tan desagradable como gratificante, pero siempre nuestra. ¿Cómo si no sentir verdadera tal decisión?
Vivencia(1)... ¡Qué palabra tan exacta!


1. Experiencia personal de algo que se ha vivido (Diccionario General de Lengua Española, ed. SM).

domingo, 25 de noviembre de 2012

En nuestra bella lengua

Esta tarde de domingo, estreno género y escritor: el club Dumas, de Arturo Pérez-Reverte


«Así que desplazó la mirada hacia otro marco, más pequeño y de plata, donde el extinto Enrique Taillefer Editor S.A., con catavinos de oro al cuello y mandil que le daba un aire vagamente masónico, sonreía a la cámara en el momento de disponerse, con uno de sus éxitos editoriales abierto en la mano diestra, a cortar un cochinillo al estilo segoviano con un plato alzado en la siniestra. Tenía un aspecto plácido, rechoncho y tripón, feliz ante la perspectiva del animalito espatarrado en la fuente; y Corso se dijo que, al menos, su prematuro mutis le habría ahorrado innumerables problemas de colesterol y ácido úrico. (...)
Con la mirada fija en las paredes cubiertas de libros, Liana Taillefer guardó silencio. Un silencio incómodo, se dijo Corso; tal vez algo forzado, con el aire absorto como recurso. Igual que una actriz a la espera de proseguir su diálogo de modo convincente.
—Nunca sabré lo que pasó —respondió por fin, y de nuevo su aplomo era perfecto—. La última semana estuvo huraño y deprimido; apenas salía de este gabinete. Luego, una tarde, dio un portazo y se fue a la calle. Regresó de madrugada; yo estaba en la cama y oí cerrar la puerta. Por la mañana me despertaron los gritos de la doncella: Enrique se había colgado de una lámpara.
Ahora miraba a Corso, atenta al efecto. No parecía apesadumbrada en exceso, meditó el cazador de libros recordando la foto del mandil y el cochinillo. En algún momento pudo sorprender en sus ojos un parpadeo, cual si éstos se resistiesen a verter una lágrima, pero siguieron irreprochablemente secos».