«Viven estos que echaron a volar abandonando las cadenas de sus cuerpos como si se escaparan de una cárcel: lo que vosotros llamáis vida es en realidad la muerte».Muchos de nuestros días mantenemos esta filosofía, pensamos que vivir —en pasado, presente o futuro— no es más que la penitencia por la cual debemos pasar para alcanzar la ansiada libertad. A algunos, este pensamiento les reconforta porque, de estar en lo cierto, supondría la existencia de algo más allá de la muerte. Otros prefieren creer que, siga el juego o no tras el game over, la verdad más inmediata es que esta vida está aquí, y no en el "más allá".
Esta moneda se acuñó con sus correspondientes cara y cruz. El día a día puede parecernos una dura prueba que superar para seguir luchando en la gran batalla que es la vida; pero sin la dureza de esta cruz, ¿cómo reconocer su cara? Hablo de esa felicidad momentánea que ejerce de escudo protector contra las adversidades al mismo tiempo que nos proporciona la fuerza necesaria para enfrentarnos al monstruo del "no puedo". La felicidad es adarga y lanza, nos convierte en guerrero armado, dispuesto combatiente.
Y es que el ser humano no es más que un animal que aún conserva su instinto de supervivencia, a pesar de que un día se levantase sobre sus patas y empezase a usar la lógica. Por mucho que razone o reflexione sobre la muerte y sus implicaciones, el animal que cambió sus patas por piernas siempre tenderá a la vida.
No hay comentarios :
Publicar un comentario