Palabra, flecha ígnea, tú me atraviesas.

lunes, 12 de agosto de 2013

Apunte literario (21)

Empezamos la semana con algo de dramatismo poético. Qué tristes son los besos de despedida, ¿verdad? Sin embargo, más triste es aún que se escape ese último beso. A veces sucede que, se vuelve tan urgente un adiós, que no puede esperar al amor.
En mi tarde de estudio, comparto con vosotros el Romance del enamorado y la muerte, escrito en anonimato durante el siglo XVI.

«Un sueño soñaba anoche,
soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,
que en mis brazos los tenía.
Vi entrar señora tan blanca,
muy más que la nieve fría.
—¿Por dónde has entrado, amor?
¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,
ventanas y celosías.
—No soy el amor, amante:
la Muerte que Dios te envía.
—¡Ay, Muerte tan rigurosa,
déjame vivir un día!
—Un día no puede ser,
una hora tienes de vida.

Muy deprisa se calzaba,
más deprisa se vestía;
ya se va para la calle,
en donde su amor vivía.

—¡Ábreme la puerta, blanca,
ábreme la puerta, niña!
—¿Cómo te podré yo abrir
si la ocasión no es venida?
Mi padre no fue a palacio,
mi madre no está dormida.
—Si no me abres esta noche,
ya no me abrirás, querida;
la Muerte me está buscando,
junto a ti vida sería.
—Vete bajo la ventana
donde labraba y cosía,
te echaré cordón de seda
para que subas arriba,
y si el cordón no alcanzare,
mis trenzas añadiría.

La fina seda se rompe;
la muerte que allí venía:
—Vamos, el enamorado,
que la hora ya está cumplida».

No hay comentarios :

Publicar un comentario