«GALLO. ¿Nunca oíste decir de aquel gran filósofo Pitágoras, y de su famosa opinión que tenía?
MICILO. Pocos zapateros has visto entender con filósofos. A mí a lo menos poco me vaga para entender con ellos.
GALLO. Pues mira que éste fue el hombre más sabio que hubo en su tiempo, y éste afirmó que tuvo por cierto que las almas después de criadas por Dios pasaban de cuerpos en cuerpos. Probaba con gran eficacia de argumentos que, en cualquiera tiempo que un animal muere, está aparejado otro cuerpo en el vientre de alguna hembra en disposición, de recibir alma, y que a éste se pasa el alma del que ahora murió. De manera que puede ser que una misma alma, habiendo sido criada de largo tiempo, haya venido en infinitos cuerpos, y que agora quinientos años hubiese sido rey, y después un miserable aguadero; y ansí en un tiempo un hombre sabio, y en otro un necio, y en otro rana, y en otro asno, caballo o puercos; ¿nunca tú oíste decir esto? […] ¿De dónde piensas que les viene a muchos brutos animales hacer cosas tan agudas y tan ingeniosas que aun muy enseñados hombres no bastaran hacerlas? ¿Qué has oído decir del elefante, del tigre, lebrel y raposa? ¿Qué has visto hacer a una mona? ¿Qué se podría decir de aquí a mañana?».
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