Hoy he sucumbido a ese último caramelo llamado Pablo Neruda. Casi por accidente he leído algo suyo y no he podido evitar buscar más. Me contento con el LXVI de los Cien sonetos de amor —el que hoy os regalo— con la promesa de reservarme la lectura de Veinte poemas de amor y una canción desesperada para cuando tenga el libro entre mis manos.
Mientras tanto, comparto con vosotros un pedazo de la golosina a la que he dado cobijo durante tanto tiempo.
Saboreadla bien, es como el buen vino.
«No te quiero sino porque te quiero
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.
y de quererte a no quererte llego
y de esperarte cuando no te espero
pasa mi corazón del frío al fuego.
Te quiero sólo porque a ti te quiero,
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.
te odio sin fin, y odiándote te ruego,
y la medida de mi amor viajero
es no verte y amarte como un ciego.
Tal vez consumirá la luz de enero,
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.
su rayo cruel, mi corazón entero,
robándome la llave del sosiego.
En esta historia sólo yo me muero
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego».
y moriré de amor porque te quiero,
porque te quiero, amor, a sangre y fuego».
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