Hacía bastante tiempo que no leía "mis libros". Desde que me matriculé en la carrera (poco más de un año), me centraba solo en la literatura, esa que te alimenta el alma, que lo oxigena y llena de pureza y éxtasis; pero, ¿qué sucede con los libros que solía leer antes? De pronto tenía la sensación de que perdía el tiempo leyéndolos porque tan solo me aportaban entretenimiento, desconexión. Ahora que por fin he roto con mi bloqueo de lectora soy consciente de que eso no era así. Esos libros también me alimentaban, quizás no me hacían más culta o reflexiva (tal vez sí), pero me hacían el mayor regalo que un libro puede hacerte: ilusión. Era ver libros y volverme loca, querer leerlos todos, y coger uno y devorarlo; otro, hasta saciarme. Y como quien siente gula por las palabras, enganchaba historias saltando de sonrisa en sonrisa.
Después de recordar cómo me sentía con esos libros, me recuerdo a mí misma también cuánto odio la frase perder el tiempo. Cada momento que vives, cada libro leído, cada emoción sentida, buenos o malos todos, son experiencias que te hacen ser quien eres; más grande cada día, más entero, más tú.
Y tras este inciso existencial, vuelvo a lo que me ha traído aquí esta mañana de sábado.
La niñera, de Melissa Nathan. Una escena/diálogo me ha hecho sentir comprendida por un instante, y como si el personaje formase parte de mi historia en una pequeña porción, he hecho míos sus sentimientos.
«¿Qué pensaría ahora Shaun de ella? ¿Pensaría que era una desequilibrada? ¿Querría dejarlo?
—¿Y yo qué? —dijo él con la mirada aún clavada en la ventana.Jo alargó las manos hacia él, pero no llegaba a coger las suyas, así que las dejó encima de la mesa.—Shaun, tú eres lo único que me mantiene cuerda. Tienes que creerme. Pero necesito alejarme para averiguar por qué estoy tan ofuscada.—¿Ofuscada? —frunció el ceño— Pensaba que habías dicho que estabas deprimida.Jo se esforzó por hacerse entender.—Estoy ofuscada porque no sé por qué siempre estoy deprimida. Quiero decir que tengo todo lo que una chica puede querer, ¿no?Shaun la miró.—¿Sí?—Ya sabes que sí —dijo Jo con un tono convincente—. Todas las casillas están marcadas; por eso no entiendo cómo puede ser que no me sienta..., afortunada.—A lo mejor es que esperas demasiado de la vida.—No digas eso.—Es verdad —dijo Shaun—. Piensas demasiado, ese es tu problema.—No lo puedo evitar.—Claro que puedes.Jo suspiró.—¿Y si descubres que esto es la felicidad? —preguntó Shaun.Hubo una pausa.—Si esto es la felicidad, me suicido ahora mismo.La asustó oír las palabras en voz alta.—Salud —murmuró Shaun bebiendo un trago de vino.—Shaun, ya sé que es un tópico, pero de verdad que no es por ti. Es por mí. Estoy preocupada...—¡Venga ya, ahórramelo! —Shaun prorrumpió en una risa hueca— Ahora me vas a decir que siempre me querrás como amigo, ¿no?—Solo...—¿Qué?—Dame un tiempo, Shaun. Por favor...De repente, Shaun se agachó por encima de la mesa hacia ella.—Te he dado seis putos años —susurró, y a punto estuvo de apagar la vela—. ¿Qué quieres que haga, Jo? ¿Que luche por ti? ¿Es eso? ¿Es una prueba? ¿Para ver si te quiero lo suficiente como para ir a visitarte a Londres?—No...—Entonces, ¿qué, Jo? Porque que me jodan si te entiendo.Jo estaba segura de que habría llorado de haber tenido fuerzas.—Solo quiero que estés a mi lado, Shaun.—¿Quieres decir como en un matrimonio?—No, no lo hagas...—Oh, no te pongas nerviosa —dijo rápidamente y levantando las manos como fingiendo un arresto—. No pienso volver a pedírtelo. Todavía me queda un poco de orgullo, ¿sabes?».